Entrevista con el sociólogo y escritor José Luis Lofratti, quien pasó por Córdoba para ofrecer una conferencia titulada “La cultura popular en la juventud”.
En el salón de un hotel céntrico, unas diez personas, libro en mano, hacen fila y esperan su turno. Un vistazo rápido arroja que ninguno de los que aguarda supera los 30 años. Un joven de sweater azul claro se despide, y se acerca una adolescente que viste demasiado bien. Camperita color oliva con capucha de piel, flequillo prolijo, zapatillas sport. Una capa finísima de maquillaje cubre un rostro muy bello. Llega su turno y apenas si sonríe. “Es un gusto conocerlo”, dice y le acerca al hombre detrás de la mesa un ejemplar de La furia crónica, última obra de la persona que tiene en frente. Detrás de los lentes de marco negro, unos ojos que meten miedo la miran fijo. En ese intercambio de miradas, que apenas dura un instante, parece haber comunicación de ideas además de un gesto primal. La chica bonita, universitaria, ABC1, conoce al hombre detrás del libro y siente admiración. Es una declaración: lo admira. Él agradece, luego firma, luego intercambia unas palabras (se alcanzan a oír algunas sueltas: página, lúcido, pasiones, Coltraine, tercer año, Deleuze, genial, un gusto) y más tarde la saluda con un beso en la mejilla.
Veinte minutos más tarde finaliza la ronda de firmas y agradecimientos. Un último interlocutor y a otra cosa, este hombre ya podrá irse a su casa. O a la habitación de este mismo hotel, donde se aloja. Invitado por la Universidad Gauss, José Luis Lofratti, uno de los sociólogos más polémicos de la actualidad (marketinera descripción de contratapa), acaba de disertar sobre la cultura popular y las nuevas generaciones: una miríada de perspectivas hacia lo que comúnmente se denomina juventud perdida, y las posibles consecuencias de acá a unos años. Quien haya prestado algo de atención a la charla no puede sino sentir un poco de pesimismo hacia el porvenir. En la conferencia el clima ha sido por momentos hostil y amargo. No sólo eso: el café que la organización ofreció, debe decirse, era horrible. Lofratti lo dijo en un momento, como un chiste al pasar (“peor van a ser las secuelas que nos dejará a todos este café espantoso”). A esta altura, amén de lograr una buena entrevista, la esperanza es que el sociólogo esté de buen humor para atender a la prensa.
“Ah, sí... la conozco por un amigo cordobés. Tiene cosas piolas tu revista (sic), decile a tu editor que me gustó la nota sobre (el cineasta Jim) Jarmusch”, expresa Lofratti luego de conocer qué medio publicará sus próximas palabras. Parece más distendido y visto de cerca no es tan temible. Es un alivio.
-¿Está al tanto de lo que sucede en Córdoba a nivel artístico?
-No puedo declararme un experto en la materia, sin embargo, conozco y sigo a varios escritores de acá. Creo que Córdoba tiene poetas, sobre todo poetas, con ideas frescas y lo mejor es que son jóvenes, como Lamberti o Falco, que recién lo vi por acá. También intercambio mails con algunos docentes de la Universidad y me tienen al tanto de las investigaciones de carácter social. Una reciente, sobre la adicción precoz a las drogas en los barrios marginales, me pareció que echaba luz sobre algunas cuestiones interesantes. Incluso salió una nota al respecto en el diario.
-¿Se enteró lo que pasó hace unos meses con una muestra de Alfonso Barbieri?
-No, no lo tengo.
-Expuso dibujos que ofendieron a un grupo de cristianos...
-Ahhh... sí, el chico de Los Cocineros, ¿no? Es medio patético cuando suceden estas cosas. A ver, es entendible el repudio de los sectores conservadores, pero de ahí a patotear... es una conducta retrógrada y fascista. A mí me dan un poco de vergüenza.
-Algunos calificaron la muestra como oportunista por eso de que está de moda pegarle a la Iglesia.
-¿De moda? Estamos hablando de arte, ¿no? Yo creo que es repudiable el hecho de destruir una obra de arte, más allá del contenido. No puede medirse en términos maniqueos; es arte y punto. La crítica, el entorno, un círculo calificado te va a decir si lo que hiciste es un mamarracho o algo perdurable. Es subjetividad pura. Que le interese a miles de personas o a un grupo cerrado ya es otra historia. Yo puedo leer una nota tuya y decirte que es pésima, puedo ir más allá y publicar un artículo diciendo que es pésima, pero no voy a poner una bomba en la redacción donde trabajás. Son distintos niveles de discusión.
-¿Cómo se revierten actitudes de esa clase?
-Con formación. Obviamente que decirlo es una cosa... en un país donde la educación ocupa un lugar relegado porque hay necesidades más urgentes se hace difícil. Pero la toma de consciencia debe provenir de todas partes. Juzgar a un pibe que robó para comer es algo cruel. Pero si alguien roba sin tener la necesidad, ahí hay una crisis de valores. Lo dije en la charla hace un rato, el camino más fácil, que es el que incita buena parte de la sociedad, depara resultados nefastos.
-También hizo referencia a ciertos movimientos populares...
-La música que escuchan los adolescentes, por ejemplo. Es interesante analizarlo al tema: se juzgan actitudes en lugar de ponerse a ver si se logró un buen sonido, si se buscó algo novedoso, si la letra escapa a los lugares comunes... ¿me entendés? Ahí sí podemos hablar de modas, como decías recién. Si nos empecinamos en ver la tapa en lugar del contenido, nos quedamos con muy poco, lo vemos muy por arriba al fenómeno.
-Es lo que sucede con la cultura del aguante en el rock nacional.
-Ahí tenés. Pocas ideas mal desarrolladas. Esas bandas no se toman el trabajo de evolucionar musicalmente porque supone esfuerzo y además sus fans no se lo perdonarían. Es una lógica perversa, una locura. Todo en nombre de una actitud falsa que no les permite crecer. La música popular se vulgarizó, popular no es sinónimo de vulgar. El aguante es una salida fácil y, lo que es peor, peligrosa. No sólo porque eclipsa otras músicas, sino porque le está dando la mano al establishment, lo que el llamado rock chabón critica con sus letras. Es una paradoja. En ese sentido, un cantante de pop latino es más auténtico: es música muy pobre y sólo dice amor, te amo, estoy enamorado... ok, algo horrible... ¡pero capaz que el pibe está enamorado y todo!
-¿Qué lugar le asigna a Callejeros en ese panorama?
-Lo que sufrió ese grupo fue una desgracia y la Justicia se encargará de dilucidar responsabilidades. Ahora, yo hablo desde mi lugar y te digo que Callejeros es el ejemplo más claro de cómo ciertas posturas o actitudes desplazaron la esencia de un grupo de música. A ver si se entiende: no es un mérito que los seguidores tengan el mismo protagonismo, que estén al mismo nivel que la banda que alaban. Eso no hace más que narcotizar consciencias y perjudica las cabezas, se pierde capacidad crítica. Lo peor de todo es que se crea una especie de sectas alrededor de estas cosas, entonces es difícil debatir el tema con grupos así. En ese sentido, lo mejor que puede sucederle al rock nacional es que se disuelva Callejeros, como para crear un shock de consciencia. Que quede claro, no estoy en contra de Callejeros particularmente, estoy en contra de que estos chicos se cierren a sí mismos y no se den otras oportunidades, por temor a traicionar una ideología que, seamos sinceros, es algo vacía.
Lofratti sabe que ha dicho algo fuerte y que el tema no merece mayor elucidación. Responde con tono enérgico, con fluidez. Su voz tiene algo de su prosa: directa e impulsiva, como el viento que precede a las tormentas. Aún quedan cosas para preguntar y para decir; la charla derivará hacia otros temas de los que hablará con igual vehemencia.
-En su ensayo “Generación pasiva” cobra fuerza la idea del hombre como un ser dependiente de diversos estímulos. ¿Es imposible vivir de otra manera?
-Yo creo que no, es posible. Pero no estamos preparados. O mejor dicho, no nos preparan para eso. Desde muy pequeños estamos subordinados a ciertas cosas que nos son indispensables. A medida que pasa el tiempo creemos desligarnos de esas dependencias, pero logramos todo lo contrario, que es depender por inercia, sin darnos cuenta de ello. El posmodernismo postula cierta idea de independencia, pero como escape al compromiso afectivo, como una extensión hedonista del ser humano. Un ser independiente es alguien que va más allá. “El hombre solitario es una bestia o un dios”, decía Aristóteles. La soledad es un estado al que sólo puede llegarse superando obstáculos terrenales, por llamarlo de alguna manera. Algo de lo que la humanidad sin dudas está muy alejada.
-Se relaciona con el Übermensch de Nietzsche.
-Sí, claro. Históricamente, el hombre pelea por un lugar en su aldea. No todos lo consiguen y desistimos en determinado momento. Por llevar una carrera profesional, por una familia, por lo que fuera. Nietzsche nos llamaría cobardes, fue él quien dijo que ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.
-Sin llegar a esos extremos, ¿hay salida o debemos conformarnos con lo que hay?
-Mirá, si yo creyera que no hay solución posible, que el caos actual fuese incorregible, no daría conferencias ni clases en la universidad. Seguramente escribiría libros con teorías abiertas, escépticas y pesimistas: es lo que hacen muchos, ¿no? El escepticismo posee ese halo de elegancia que exime de compromisos. No creo que sea así. A pesar de que en los últimos años se ha bastardeado la figura del intelectual comprometido, creo que es la única idea válida. Hay que comprometerse con la realidad. ¿Cómo? Intentando brindar un aporte, por mínimo que sea. A ciertos pensadores argentinos se los tilda de reduccionistas o simplistas porque intentan acercar pensamiento a las masas. En ese sentido, hay como una postura defensiva por parte de la Academia. Es absurdo.
-La Academia argumenta que en esas simplificaciones se tergiversan ideas de un autor.
-Sí, y en algunos casos estoy de acuerdo. He leído disparates al respecto, como relacionar ideas de una profundidad considerable con algo cercano a manuales de autoayuda. Eso, lógicamente, está mal y es un error. Pero ideas acerca de la moral, la justicia, el pensamiento crítico se pueden comunicar, en cualquier grado de discusión. Es sano. Yo elijo ese camino: mis libros, con todos los defectos que puedan tener, transmiten cierta urgencia por el cambio. Si nos repartieron cartas bajas, la cuestión no es ir al mazo, sino ver qué podemos hacer con ellas.
-Esa esperanza, sin embargo, no está muy presente en sus ensayos.
-No es una esperanza: es un mensaje de alerta. Es una invitación a rever las cosas. A disponerlas de otra manera, de decir que no todo es blanco o negro. No toda la música es la que te vende el catálogo de una multinacional, no toda la televisión es desechable, lo que nos dicen los diarios no es una representación fiel de la realidad. Parece una obviedad, pero a mucha gente, con una tradición muy arraigada, le cuesta creerlo. Quizás por eso mis libros llegan tanto a la juventud.
-¿Un medio como Internet ayuda a esta toma de consciencia?
-Es algo relativamente nuevo y no se puede dar una respuesta definitiva al respecto. Pero tiene algo notablemente positivo: más allá del uso que se le dé a Internet, tiene un receptor activo.
-Su último trabajo, “La furia crónica”, recopila relatos en clave de ficción acerca de las conductas humanas, ¿en qué medida transmite una idea un canal como la literatura?
-Para que funcione, la literatura debe cumplir un requisito excluyente: que sea veraz. Sea cual sea el trasfondo, lo primordial es que el lector lo crea. Si una idea, válida por sí misma, no resulta lo suficientemente clara y no hay ejemplo concreto que pueda explicarla mejor, la ficción surge como un móvil para transmitirla. Imaginate, vos como periodista, que inventás todo un artículo: una entrevista, así como ésta, con un tipo que no existe. La gente va a leerla y no sólo pueden llegar a creer todo, sino que algunos incluso se atreverían a decir que conocen al entrevistado.
En el salón de un hotel céntrico, unas diez personas, libro en mano, hacen fila y esperan su turno. Un vistazo rápido arroja que ninguno de los que aguarda supera los 30 años. Un joven de sweater azul claro se despide, y se acerca una adolescente que viste demasiado bien. Camperita color oliva con capucha de piel, flequillo prolijo, zapatillas sport. Una capa finísima de maquillaje cubre un rostro muy bello. Llega su turno y apenas si sonríe. “Es un gusto conocerlo”, dice y le acerca al hombre detrás de la mesa un ejemplar de La furia crónica, última obra de la persona que tiene en frente. Detrás de los lentes de marco negro, unos ojos que meten miedo la miran fijo. En ese intercambio de miradas, que apenas dura un instante, parece haber comunicación de ideas además de un gesto primal. La chica bonita, universitaria, ABC1, conoce al hombre detrás del libro y siente admiración. Es una declaración: lo admira. Él agradece, luego firma, luego intercambia unas palabras (se alcanzan a oír algunas sueltas: página, lúcido, pasiones, Coltraine, tercer año, Deleuze, genial, un gusto) y más tarde la saluda con un beso en la mejilla.
Veinte minutos más tarde finaliza la ronda de firmas y agradecimientos. Un último interlocutor y a otra cosa, este hombre ya podrá irse a su casa. O a la habitación de este mismo hotel, donde se aloja. Invitado por la Universidad Gauss, José Luis Lofratti, uno de los sociólogos más polémicos de la actualidad (marketinera descripción de contratapa), acaba de disertar sobre la cultura popular y las nuevas generaciones: una miríada de perspectivas hacia lo que comúnmente se denomina juventud perdida, y las posibles consecuencias de acá a unos años. Quien haya prestado algo de atención a la charla no puede sino sentir un poco de pesimismo hacia el porvenir. En la conferencia el clima ha sido por momentos hostil y amargo. No sólo eso: el café que la organización ofreció, debe decirse, era horrible. Lofratti lo dijo en un momento, como un chiste al pasar (“peor van a ser las secuelas que nos dejará a todos este café espantoso”). A esta altura, amén de lograr una buena entrevista, la esperanza es que el sociólogo esté de buen humor para atender a la prensa.
“Ah, sí... la conozco por un amigo cordobés. Tiene cosas piolas tu revista (sic), decile a tu editor que me gustó la nota sobre (el cineasta Jim) Jarmusch”, expresa Lofratti luego de conocer qué medio publicará sus próximas palabras. Parece más distendido y visto de cerca no es tan temible. Es un alivio.
-¿Está al tanto de lo que sucede en Córdoba a nivel artístico?
-No puedo declararme un experto en la materia, sin embargo, conozco y sigo a varios escritores de acá. Creo que Córdoba tiene poetas, sobre todo poetas, con ideas frescas y lo mejor es que son jóvenes, como Lamberti o Falco, que recién lo vi por acá. También intercambio mails con algunos docentes de la Universidad y me tienen al tanto de las investigaciones de carácter social. Una reciente, sobre la adicción precoz a las drogas en los barrios marginales, me pareció que echaba luz sobre algunas cuestiones interesantes. Incluso salió una nota al respecto en el diario.
-¿Se enteró lo que pasó hace unos meses con una muestra de Alfonso Barbieri?
-No, no lo tengo.
-Expuso dibujos que ofendieron a un grupo de cristianos...
-Ahhh... sí, el chico de Los Cocineros, ¿no? Es medio patético cuando suceden estas cosas. A ver, es entendible el repudio de los sectores conservadores, pero de ahí a patotear... es una conducta retrógrada y fascista. A mí me dan un poco de vergüenza.
-Algunos calificaron la muestra como oportunista por eso de que está de moda pegarle a la Iglesia.
-¿De moda? Estamos hablando de arte, ¿no? Yo creo que es repudiable el hecho de destruir una obra de arte, más allá del contenido. No puede medirse en términos maniqueos; es arte y punto. La crítica, el entorno, un círculo calificado te va a decir si lo que hiciste es un mamarracho o algo perdurable. Es subjetividad pura. Que le interese a miles de personas o a un grupo cerrado ya es otra historia. Yo puedo leer una nota tuya y decirte que es pésima, puedo ir más allá y publicar un artículo diciendo que es pésima, pero no voy a poner una bomba en la redacción donde trabajás. Son distintos niveles de discusión.
-¿Cómo se revierten actitudes de esa clase?
-Con formación. Obviamente que decirlo es una cosa... en un país donde la educación ocupa un lugar relegado porque hay necesidades más urgentes se hace difícil. Pero la toma de consciencia debe provenir de todas partes. Juzgar a un pibe que robó para comer es algo cruel. Pero si alguien roba sin tener la necesidad, ahí hay una crisis de valores. Lo dije en la charla hace un rato, el camino más fácil, que es el que incita buena parte de la sociedad, depara resultados nefastos.
-También hizo referencia a ciertos movimientos populares...
-La música que escuchan los adolescentes, por ejemplo. Es interesante analizarlo al tema: se juzgan actitudes en lugar de ponerse a ver si se logró un buen sonido, si se buscó algo novedoso, si la letra escapa a los lugares comunes... ¿me entendés? Ahí sí podemos hablar de modas, como decías recién. Si nos empecinamos en ver la tapa en lugar del contenido, nos quedamos con muy poco, lo vemos muy por arriba al fenómeno.
-Es lo que sucede con la cultura del aguante en el rock nacional.
-Ahí tenés. Pocas ideas mal desarrolladas. Esas bandas no se toman el trabajo de evolucionar musicalmente porque supone esfuerzo y además sus fans no se lo perdonarían. Es una lógica perversa, una locura. Todo en nombre de una actitud falsa que no les permite crecer. La música popular se vulgarizó, popular no es sinónimo de vulgar. El aguante es una salida fácil y, lo que es peor, peligrosa. No sólo porque eclipsa otras músicas, sino porque le está dando la mano al establishment, lo que el llamado rock chabón critica con sus letras. Es una paradoja. En ese sentido, un cantante de pop latino es más auténtico: es música muy pobre y sólo dice amor, te amo, estoy enamorado... ok, algo horrible... ¡pero capaz que el pibe está enamorado y todo!
-¿Qué lugar le asigna a Callejeros en ese panorama?
-Lo que sufrió ese grupo fue una desgracia y la Justicia se encargará de dilucidar responsabilidades. Ahora, yo hablo desde mi lugar y te digo que Callejeros es el ejemplo más claro de cómo ciertas posturas o actitudes desplazaron la esencia de un grupo de música. A ver si se entiende: no es un mérito que los seguidores tengan el mismo protagonismo, que estén al mismo nivel que la banda que alaban. Eso no hace más que narcotizar consciencias y perjudica las cabezas, se pierde capacidad crítica. Lo peor de todo es que se crea una especie de sectas alrededor de estas cosas, entonces es difícil debatir el tema con grupos así. En ese sentido, lo mejor que puede sucederle al rock nacional es que se disuelva Callejeros, como para crear un shock de consciencia. Que quede claro, no estoy en contra de Callejeros particularmente, estoy en contra de que estos chicos se cierren a sí mismos y no se den otras oportunidades, por temor a traicionar una ideología que, seamos sinceros, es algo vacía.
Lofratti sabe que ha dicho algo fuerte y que el tema no merece mayor elucidación. Responde con tono enérgico, con fluidez. Su voz tiene algo de su prosa: directa e impulsiva, como el viento que precede a las tormentas. Aún quedan cosas para preguntar y para decir; la charla derivará hacia otros temas de los que hablará con igual vehemencia.
-En su ensayo “Generación pasiva” cobra fuerza la idea del hombre como un ser dependiente de diversos estímulos. ¿Es imposible vivir de otra manera?
-Yo creo que no, es posible. Pero no estamos preparados. O mejor dicho, no nos preparan para eso. Desde muy pequeños estamos subordinados a ciertas cosas que nos son indispensables. A medida que pasa el tiempo creemos desligarnos de esas dependencias, pero logramos todo lo contrario, que es depender por inercia, sin darnos cuenta de ello. El posmodernismo postula cierta idea de independencia, pero como escape al compromiso afectivo, como una extensión hedonista del ser humano. Un ser independiente es alguien que va más allá. “El hombre solitario es una bestia o un dios”, decía Aristóteles. La soledad es un estado al que sólo puede llegarse superando obstáculos terrenales, por llamarlo de alguna manera. Algo de lo que la humanidad sin dudas está muy alejada.
-Se relaciona con el Übermensch de Nietzsche.
-Sí, claro. Históricamente, el hombre pelea por un lugar en su aldea. No todos lo consiguen y desistimos en determinado momento. Por llevar una carrera profesional, por una familia, por lo que fuera. Nietzsche nos llamaría cobardes, fue él quien dijo que ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.
-Sin llegar a esos extremos, ¿hay salida o debemos conformarnos con lo que hay?
-Mirá, si yo creyera que no hay solución posible, que el caos actual fuese incorregible, no daría conferencias ni clases en la universidad. Seguramente escribiría libros con teorías abiertas, escépticas y pesimistas: es lo que hacen muchos, ¿no? El escepticismo posee ese halo de elegancia que exime de compromisos. No creo que sea así. A pesar de que en los últimos años se ha bastardeado la figura del intelectual comprometido, creo que es la única idea válida. Hay que comprometerse con la realidad. ¿Cómo? Intentando brindar un aporte, por mínimo que sea. A ciertos pensadores argentinos se los tilda de reduccionistas o simplistas porque intentan acercar pensamiento a las masas. En ese sentido, hay como una postura defensiva por parte de la Academia. Es absurdo.
-La Academia argumenta que en esas simplificaciones se tergiversan ideas de un autor.
-Sí, y en algunos casos estoy de acuerdo. He leído disparates al respecto, como relacionar ideas de una profundidad considerable con algo cercano a manuales de autoayuda. Eso, lógicamente, está mal y es un error. Pero ideas acerca de la moral, la justicia, el pensamiento crítico se pueden comunicar, en cualquier grado de discusión. Es sano. Yo elijo ese camino: mis libros, con todos los defectos que puedan tener, transmiten cierta urgencia por el cambio. Si nos repartieron cartas bajas, la cuestión no es ir al mazo, sino ver qué podemos hacer con ellas.
-Esa esperanza, sin embargo, no está muy presente en sus ensayos.
-No es una esperanza: es un mensaje de alerta. Es una invitación a rever las cosas. A disponerlas de otra manera, de decir que no todo es blanco o negro. No toda la música es la que te vende el catálogo de una multinacional, no toda la televisión es desechable, lo que nos dicen los diarios no es una representación fiel de la realidad. Parece una obviedad, pero a mucha gente, con una tradición muy arraigada, le cuesta creerlo. Quizás por eso mis libros llegan tanto a la juventud.
-¿Un medio como Internet ayuda a esta toma de consciencia?
-Es algo relativamente nuevo y no se puede dar una respuesta definitiva al respecto. Pero tiene algo notablemente positivo: más allá del uso que se le dé a Internet, tiene un receptor activo.
-Su último trabajo, “La furia crónica”, recopila relatos en clave de ficción acerca de las conductas humanas, ¿en qué medida transmite una idea un canal como la literatura?
-Para que funcione, la literatura debe cumplir un requisito excluyente: que sea veraz. Sea cual sea el trasfondo, lo primordial es que el lector lo crea. Si una idea, válida por sí misma, no resulta lo suficientemente clara y no hay ejemplo concreto que pueda explicarla mejor, la ficción surge como un móvil para transmitirla. Imaginate, vos como periodista, que inventás todo un artículo: una entrevista, así como ésta, con un tipo que no existe. La gente va a leerla y no sólo pueden llegar a creer todo, sino que algunos incluso se atreverían a decir que conocen al entrevistado.

1 Comments:
interesante la idea de la respuesta final, abre la posibilidad de que quizás la entrevista está hecha a un personaje inventado, o que quizás se trate de un truco literario...
me gustan las intervenciones del reportero sobre como se siente el entrevistado, cuando éste da respuestas fuertes por ejemplo
más interesante es lo del post anterior, que todo fuera al revés...que lo más importante no sea el dinero, sino el alma, que la gente busque el ser interior antes que el exterior, o que las caricaturas existan de verdad!
saludos de Tito!
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