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Rewind

sábado, diciembre 04, 2010


Como todos, supongo, también tuve una vecina a quien junto a mi grupo de amigos del barrio sospechábamos bruja. Vivía sola, salía poco, la acompañaba siempre una mirada entre colérica y abatida, hablaba lo justo y necesario. Aún hoy recuerdo con un poco de pena y remordimiento el vértigo y la excitación que me producía jugar al ring raje con su portero. Una tarde, en los márgenes de la canchita de fútbol, se nos presentó su nieto, que había ido a visitarla. Lo saludamos con algo de menosprecio y no lo invitamos a jugar. Lo incluimos, sí, en la posterior ronda de Coca Cola, para tener un aporte económico extra. Buen pibe, normal, pero nunca se integró del todo en las sucesivas veces que aparecía de visita y ninguno se animó jamás a confesarle las conjeturas que hicimos en torno a su abuela.

Muchos años más tarde nos volvimos a cruzar, cuando vino a mi local a comprar varios paquetes de hojas A4. Lo reconocí, estaba bastante parecido. Soy pésimo para los nombres, pero lo compenso con cierta habilidad para la memoria visual. Me presenté y le pregunté si se acordaba de mí. Él conservaba una imagen vaga y confusa de nosotros, como retazos somnolientos. Le consulté si alguna que otra vez regresaba al barrio y me dijo que sí, que en la casa de su abuela ahora vivía su madre y que él la visitaba periódicamente con sus hijos. Le daba un poco de lástima la actualidad del barrio, la violenta transformación de sus espacios, repletos de edificaciones graníticas y negocios de decoración. “Como que se perdió la mística del lugar”, dijo en un momento.

Publicado por Jopi
7:08 p. m.

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Metalenguaje

domingo, junio 20, 2010


Pocas horas después que Zara decidiera hablar con él y así ponerle punto final a la relación afectiva que mantenían, Richard comenzó a caminar de forma extraña, zigzagueante, como un ebrio en el súmmum de su borrachera o un loco que busca llamar la atención de los transeúntes. Sin embargo, lo hacía con plena consciencia de sus pasos irregulares e incluso con cierta elegancia. Realizaba dos pasos, se volvía para hacer otros dos en una especie de diagonal en reversa, luego daba otros dos hacia adelante y posteriormente se sucedían otras diagonales ascendentes y descendentes a través de sus pies.
Como al Emilio Renzi que Piglia concibió para La loca y el relato del crimen, no nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que lo de Richard se trataba de una secuencia regular que repetía indefinidamente. Entre medio de las teorías que pergeñábamos en relación a los pasos vacilantes de Richard, Viviana citó a otro personaje literario, en este caso de Roberto Bolaño: nos habló de Carlos Wieder, el temible piloto que dibujaba poemas en el aire con su avioneta. La suposición que Viviana defendía, revelaba que Richard escribía algo a través de su rara forma de caminar.

Hubo algo de cierto en todo eso, lo de Richard era efectivamente una sucesión de letras que trazaba por medio de sus pasos. Nada me gustaría más que decirles que primero formaba una zeta, luego una a, luego una erre y ya todos nos imaginamos la letra que falta, pero en esta clase de acontecimientos –¿debería hablar de desgracias?– los finales netamente redondos no son algo habitual. Siento un poco de intriga y mucho de alivio al decir esto, pero desconozco lo que Richard escribía mientras caminaba. Todos los que lo averiguaron están muertos (no me pregunten las razones de esas muertes, sólo diré que las unía un mismo asesino) y las periódicas y tristes noticias que fui recibiendo eran advertencia suficiente como para que dejara de investigar.
Hoy puedo hablar del tema con cierta tranquilidad porque Richard falleció anoche, presuntamente después de padecer un accidente cerebro-vascular o acaso un breve coma alcohólico. Me enteré, viendo el noticiero, que lo encontró un policía, alertado por los vecinos. El oficial aseguraba que cuando lo vio el sujeto todavía se mantenía en pie aunque caminaba tambaleante y con mucha dificultad. Luego declaró que cayó de espaldas; fue alzado inconsciente y llevado a un hospital cercano.

Publicado por Jopi
10:27 a. m.

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Dance me to the end of love

miércoles, octubre 07, 2009


En los bordes de un cantero, Elena deglute los restos de una pizza que quedó de la tarde. Tan fina ella, esos labios angostos y de un color rosa chicle, los ojos verdes, sus Paruolo costosísimos y la remera importada, comiendo como un linyera hambriento, sin importarle que sea vista por los demás. Es probable que ya esté un poco borracha, son casi las once de la noche. Se acabaron las cervezas, se terminó el fernet; queda algo de Gancia y de vodka, pero aun así Marcos y Julián ya partieron en uno de los autos a buscar más alcohol. Alguien que no consigo identificar le grita un piropo guarango a Claudia, que hoy ha venido vestida como si la estuviera filmando Tarantino. La voz del cumplido suena arenosa, gastada. Claudia lanza una de sus típicas frases estúpidas, un ubicate nene o algo así y esa vocecita insoportable me trae demasiados recuerdos. Hay cosas que el tiempo no va a cambiar ni dentro de mil años.

Entre los muchos riesgos que acarrea el Facebook tenemos éste, la reunión de los compañeros de colegio, ocho o diez años después del egreso. Todos los que estamos acá cargamos veintipico de años a nuestras espaldas y muchas otras cosas más, pero por culpa de esa bendita red social el contacto vuelve como una espada asesina y se nos incrusta en un lugar mortal, la memoria. Así que acá estamos –acá estoy–, en la mansión de un yuppie del Cerro de las Rosas, cincuentón careta y patético, que resulta ser el padre de una de mis compañeras de curso, que con la intención de presumir juventud y buena onda nos presta su casa para hacer esta juntada de reencuentro.

No han venido todos, como era de esperarse. Algunos rechazaron la invitación justificando la ausencia con otras obligaciones, otros por vivir en el exterior y los más inteligentes simplemente nunca contestaron. Desde que llegué me vengo preguntando qué estoy haciendo acá, si soy lo opuesto al resto de esta gente, que frente a cualquier situación me siento un estúpido y me dan ganas de irme. Hubiera sido muy fácil no venir, quedarme en casa viendo alguna película, pero Nahuel me rogó que por favor lo acompañara y, bueno, para estas cosas están los amigos. Somos muy distintos con Nahuel, él es casado y sin hijos, estudió una carrera a la que yo jamás me acercaría y estamos a años luz de nuestras respectivas ideas acerca de cualquier cosa, pero incluso así podemos decir que somos amigos, o como sea que se llame a dos tipos que rozan los treinta y se juntan a tomar un cortado cada seis u ocho meses para ponerse al tanto de los logros y las miserias en sus vidas. La cosa es que estoy en esta fiesta a raíz de Nahuel y me siento incómodo, pero él ya me agradeció el gesto tres veces desde que llegamos, a eso de las siete. Ahora ya es de noche y todavía hace bastante calor. Elena acaba de terminar otra porción y se chupa los dedos para quitarse la salsa de tomate. La escena me choca un poco, podría calentarme, pero en lugar de eso me produce algo de rechazo y algo de melancolía.

¿Se supone que hay que mostrar una emoción ficticia en esta clase de reuniones? Como sea, yo lo hice. Ya recibí varios besos y abrazos efusivos a lo largo de la tarde y lo noté con todos los que se saludaron. Opté por armar una sonrisa mecánica en cada caso y creo que no me ha ido mal. Las palabras justas. Hice lo posible por mantenerme al margen de cada conversación que se fue armando y hasta el momento voy bien. Sólo me acerqué al punto vital de la fiesta para buscar más bebida y papitas fritas. Ya debo haber tomado al menos cuatro monjitas y varios vasos de vodka con algún jugo de frutas. Estoy un poco borracho, pero nada que no se pueda manejar. Desde que descubrí el pool que hay en uno de los espacios de la casa, adornado muy atinadamente con luces de neón y el piso de un mármol perlado, prefiero ponerme a jugar, a veces con Nahuel, otras con Vanessa, dos partidos con Hernán, y así dejar que pase el tiempo y no tener que acceder a un charla forzada. Hace un rato vino Claudia y me pidió que la dejara jugar un rato contra Juliana, así que apenas termine esta vuelta, les dejo la mesa y se me termina este pequeño bálsamo.

Nahuel me comentó hace un rato que Vanessa está mucho mejor que cuando íbamos al secundario y su comentario me hizo verla con más detenimiento mientras jugábamos al pool. Cada vez que se erguía para apuntar con el taco podía verle el contorno del pecho, su blusa suelta se inclinaba para abajo; llevaba también una remera, pero aun así la silueta se imponía. En algunos tiros me puse detrás de ella y le dije con la mirada a Nahuel que sí, que no está nada mal. Sus botas la hacen ver más alta y más esbelta, es evidente que en estos años ha cambiado para bien. En verdad me alegro por ella, es de las pocas chicas con las que me llevaba.

Mientras camino por uno de los varios pasillos que tiene este caserón me cruzo con Matías, que me pega amistosamente en el pecho y me dice algo que por el volumen de la música de fondo no alcanzo a entender del todo. Sólo me limito a decir que sí y Matías suelta una risa tosca que trata de ser cómplice. El pasillo termina en la cocina y allí las veo a Vanessa y Amparo, hija del dueño de casa, limpiando algunos vasos de plástico. Pregunto por compromiso si las puedo ayudar en algo, aunque no me molestaría quitarme la grasa de las papitas con agua y detergente.
—Ay, dale. Please, andá pasándome los platos que tenés ahí a la derecha —sugiere Amparo.
Me lavo las manos y comienzo a alcanzárselos.
—¿Y vos, Batu? ¿Qué es de tu vida? Debemos haber cambiado dos palabras desde que llegaste, ¿o no? —dice y mira también a Vanessa, tratando de sacar algún tema de conversación.
—Soy bastante bueno para pasar inadvertido —concedo—, estuve jugando un rato al pool. Muy linda casa, Amparo. Mi vida bien, entre la agencia y mis laburos de fin de semana no tengo demasiado margen para otra cosa.
—Claro... ¿y qué hacés los fines de semana?
—El Batu es dj —se adelanta Vanessa—, pasa música en un par de boliches bastante chetos. Qué tal el Batu, eh.
—Ay, mirá vos qué bueno. ¿Ves que sos un cortado? —se ríe Amparo— ¿Y qué onda pasás? Avisame así te vamos a escuchar.
—Dale, sí —miento y sigo alcanzando los platos.

En la cocina comienza a reinar un silencio incómodo, pero por suerte lo rompen al poco rato Julián y Marcos, que vuelven de algún supermercado con más provisiones etílicas. Han comprado botellas de fernet, varias de Cocacola y alguna que otra bebida blanca de marca económica. Dice uno de ellos que van a ser unos doce pesos por cabeza. Les alcanzo mi parte y acomodan las gaseosas en la heladera. Luego de darles una mano con eso, al regresar al fregadero, me paro frente a la ventana que da al patio. Desde allí puedo verla a Elena, so fancy girl, conversando con alguien que no alcanzo a notar quién es. Me quedo un rato contemplándola y acaso me delato demasiado.
—Está linda la Ele, ¿no te parece? —me interroga Vanessa, acercándose a mi perspectiva visual—. Todavía te pasan cosas con ella, ¿no? No seas boludo, me podés contar.
El comentario deriva en una risa medio tonta y digo que no, que ni a palos, que gracias a Dios el tiempo hace su trabajo. Pero sigo mirando por la ventana y de fondo suena Heart of Glass.

Publicado por Jopi
11:51 a. m.

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El tiempo y el río

miércoles, octubre 01, 2008


Con sus altibajos, Pajaritos de papel lleva casi cuatro años de vida. Por aquellos días, tener un blog en estas latitudes no suscitaba demasiada atención ni despertaba el interés de nadie, al margen de un pequeño y fiel grupo de lectores. Desde que fue creado, este espacio cambió de diseño en varias ocasiones, experimentó efímeros vértices de popularidad y también sufrió la pérdida completa de su contenido (y con ello su línea temática, si es que alguna vez la tuvo).
En los últimos tiempos me decidí a publicar textos de ficción, en una encrucijada que tenía como actores a la literatura, el periodismo y algunas experiencias personales. En determinadas circunstancias eso se traducía en relatos o ejercicios básicos de narración; a veces estaba conforme con el resultado y a veces no, pero siempre tuve la convicción de que éste era el mejor lugar que podía darles.
Y aunque ahora el blog está parcialmente abandonado, nunca quise darle de baja. La justificación de mantenerlo en línea, de no eliminarlo –como hice sin remordimiento con varios otros blogs que fui creando a lo largo de los años–, obedece a una razón específica pero que a la vez encierra otras. Para el caso me basta decir que Pajaritos de papel fue mi primer blog, y esa experiencia arrastra consigo un adjetivo de inusitado poder: se vuelve inolvidable, aunque suene cursi, como el primer amor.
Aun así, en un estado que se parece mucho a una balsa a la deriva, una balsa con la que cualquiera puede toparse mientras navega a través de las aguas revoltosas de la web, este blog sigue dándome señales de vida, acaso rogando por un rescate, aunque debería tener en claro que esas señales no son más que gritos de auxilio en medio de una algarabía que los vuelve inútiles.

Días atrás, un amigo me comenta que tiene para mí una edición especial de Login, una pequeña y hermosa antología de textos y dibujos que fueron publicados originalmente en blogs y flogs. La convocatoria, posterior selección, edición y publicación de ese trabajo corrió por cuenta de Sol Zingerling, una entusiasta más parecida al Quijote combatiendo molinos de viento que a una editora, al menos cuando se le mete una idea en la cabeza.
Sé que no fue tarea fácil para Sol sacar a la luz ese librito. Durante el proceso intercambiamos algunos mails en los que me daba cuenta de lo difícil que era conseguir cualquier clase de apoyo, aunque más no fuera para pagar los costos de la impresión. Me animo a decir que finalmente lo logró porque ella presenta virtudes que no parecen de nuestra generación: el compromiso, la generosidad y una perseverancia como aquella que entendían los románticos.
Decía más arriba que Pajaritos de papel seguía dándome señales de vida. Y esto porque en las páginas de Login me reencontré con uno de los relatos que publiqué en este mismo lugar, hace ya bastante tiempo, titulado Cosas del amor. Releerlo fue para mí entrar de nuevo en el blog de entonces, cuando tenía un diseño básico y un contenido que hoy siento muy lejano, un blog cuyo autor me resulta ajeno, aunque sé que se trata de la misma persona que enfrento todas las mañanas delante del espejo.
No obstante, todavía me acuerdo muy bien el momento en que escribí ese relato. Fue en un bar de comidas rápidas de Nueva Córdoba, con el ambiente apestando a fritura, en una hora muerta que dividía mi salida del trabajo del ingreso a clases en la facultad. Una vez que lo tenía listo, recuerdo, era el título lo que menos me convencía. Ahora, curiosamente, esas tres palabras con que se presenta el texto al lector serían lo único que, al menos para quien suscribe, no deberían pasar por el filtro de una corrección.
A mitad de camino entre lo costumbrista y el humor, es obvio que aquel garabato carece de cualquier mérito literario. Pero creo que es justo republicarlo aquí abajo, porque estoy convencido de que las historias personales se miden menos con juicios estéticos que con el valor de los testimonios.

Publicado por Jopi
1:02 p. m.

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Cosas del amor

Uno juzga que la vida le regala un gesto venturoso, que la niebla se disipa y que es todo color de rosa. Pero no. Así de nuevo, desalmado, casi borracho, embolado por una mujer. Es que las cosas se dieron así, qué vas a hacerle. Uno entrega lo que puede, descuida el laburo, los amigos... El tiempo es cruel, un laberinto sin forma por el que paseamos al descuido. Ya es la tercera vez que me dejás plantado, estoy empezando a maquinar cosas. Te quiero, en serio que te quiero, es una lástima, che... Sé que no es tu culpa, pero es imposible no pensar en eso, qué querés. Siempre termina igual, uno le tiende la mano a alguien y termina con el brazo lastimado. Se está poniendo frío... el pucho que me quema los labios, vos que me rompés el cuore. Qué nabo, la verdad, porque si me la hubiera visto venir... bah, qué se yo. Ni yo me entiendo. Ahora pasan por mi cabeza esos dolores del desamor, el rencor y esas cosas. Y los celos. No puedo...me cuesta un fardo imaginarte con otro.
—¿Otro?
—Y sí, para mí que andás con otr…¡pero qué!…¿a usté qué le importa?
—Perdón señor. Vi que tintineaba los hielos de su vaso y supuse que querría otro whisky.
—¿Eh?...ah, sí, disculpe. Tráigame otro. Cargado, ¿eh?

Publicado por Jopi
1:01 p. m.

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Haiku cordobés

jueves, febrero 21, 2008


Después del baile
un chori cotiza más
que un aguinaldo.

Publicado por Jopi
10:32 p. m.

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Eclipse

lunes, enero 28, 2008


En los minutos que lo tuve de frente, en aquella habitación penumbrosa y claustrofóbica, no hizo más que entremezclar los hechos con redenciones y perdones; en un momento se refirió a una especie de compasión celestial, que lo salvaría de las brasas de un Infierno que, me confió, no podría diferir mucho de sus días actuales. Por momentos su voz se volvía lejana, la narración se perdía en detalles ominosos, detalles que –debo confesar– yo mismo me esforzaba en hacerle repetir, y luego su garganta desgastada retomaba el relato con renovada energía soltando alguna revelación.
–¿Es consciente de lo que hizo? Que le corresponde este castigo...
Cuando escucho de nuevo las grabaciones de aquella charla me encuentro diciendo cosas de esa naturaleza, juicios morales que no me correspondían establecer, palabras que ahora no puedo oír sin un dejo de arrepentimiento. Al contestarme, él sólo desviaba la vista y la dirigía hacia una ventana mínima por la que se alcanzaban a ver hectáreas y hectáreas de pastizales, el cielo diáfano, la libertad.
–Sí, a eso lo sé bien –giró la cabeza para ver la luz exterior–, y si en una de ésas se me olvida, ahí están ellos para recordármelo.
–¿Ellos?
–Los fantasmas, que todas las noches se me aparecen. Pero no dicen nada, no hablan ni se mueven. Están ahí, justito donde está usted ahora, y se quedan mirándome. Al comienzo les pedí perdón, lloré en las primeras noches. Ya me he dado cuenta de que no van a hacerme nada, pero saber que están aquí dentro me recuerda que se me fue la vida.
Cuando abandoné ese lugar aún faltaban algunas horas para que anocheciera. Si bien nunca me pidió que me quedara, tampoco se mostró molesto al responder cada una de mis inquietudes, y por unos minutos creí sentir que el diálogo le producía algo similar al alivio. Abandoné a aquel hombre enfrentándolo a una soledad perturbadora. El encuentro me dejó una mezcla de sensaciones diversas que opté por no analizar en profundidad.
Afuera, el calor de la tarde abrasaba el asfalto, y debí refugiarme en un local con temperatura acondicionada. En ese momento, sentado frente a una cerveza helada, sentí que una pieza del rompecabezas terminaba de encajar. Todavía conservaba, sin embargo, la plena consciencia de que otras de esas piezas eran irrecuperables, como siempre sucede en episodios de esa clase. Habían pasado sólo seis meses del hecho y todo parecía haber concluido para una de las partes involucradas. En la naturaleza de la justicia existen matices que iluminan lugares para luego, inevitablemente, oscurecer otros. La resignación suele funcionar a través del mismo mecanismo.


Sobre los techos bajos de las casas, que en algunos lugares de la cuadra dan la impresión de unir aquellas modestas construcciones, va corriendo un jovencito de no más de doce años, descalzo. La imagen me lleva lejos, muchos años atrás, me recuerda a esos superhéroes que perseguían a los villanos a través de los tejados, saltando de edificio en edificio.
–Ese es el Luquitas –me dice Daniela, que camina junto a mí por los pasillos de la villa, percatándose de que mi atención se fugó por un momento hacia aquella figura huidiza–. Va a terminar mal ese pendejo.
Si no se cuentan los gritos aislados de algunos niños, en la zona no se percibe demasiada acción. Daniela abre una tranquera floja e invita a pasar. Del patio emergen dos perros pequeños, alterados por la visita, y uno de ellos me embarra el pantalón al saltar sobre una de mis piernas.
El hogar es pequeño, incompleto, pero de una rara calidez. En una mesita de luz se alcanzan a ver retratos con fotografías. Daniela ceba mates y no espera una pregunta posible.
–Hay que seguir adelante, viste... una no puede bajonearse porque va a terminar igual. Todos los días tengo este dolor en el alma que nadie me lo va a poder quitar nunca, viste. Qué se le va a hacer, yo tengo fe, siempre le rezo a Dios para que me dé una mano... ¿Dulce o amargo?
Su testimonio es el de una mujer abatida, a la que la vida le jugó un duro revés, pero que aún tiene razones para seguir de pie. Desde la ventana de la cocina le grita a su hija que entre a la casa, “porque ya es tarde para andar callejeando”. En el lugar en donde estoy no alcanzo a verla, apenas puedo observar el cielo y una arboleda, pero por los ruidos que vienen de afuera intuyo que la niña está jugando junto a sus amigas. Al rato la veo entrar, menuda, los ojos esmeralda que me miran con desconfianza. La madre la obliga a bañarse y la niña desaparece.
–Eran buenos pibes –retoma Daniela–, nunca anduvieron en nada. No te voy a decir que nunca se metieron en algún quilombo, pero eran cosas chicas, alguna pelea por mujeres, viste. Hasta ahí llegaban, nunca fueron moqueros.
Cada cierto tiempo desvía la vista hasta las fotografías; el ángulo me permite ver que la mirada se le humedece al hablar de ellos.
–No sé qué puede haber pasado esa noche –sigue–, ellos me dijeron que salían por ahí, y como a la hora me vienen a avisar que me vaya para la zona de Ampliación, que había pasado algo.
Llega entonces al punto más complejo de todos, cuando los testimonios recrean la misma situación. Se chocan en algunos puntos y en otros se bifurcan, como las líneas del cello y el violín en las instancias centrales de una suite. Daniela hace fuerzas para no quebrarse, y apenas lo consigue. Me doy cuenta de que soy un mero accesorio dentro de una trama violenta, con el capítulo más importante vedado a los mortales. La mía es una búsqueda inútil.
–¿Y qué me va a producir? –suelta luego con angustia– Por mí que se pudra en la cárcel ese hijo de puta. Nunca va a sentir lo que yo sufrí, nunca...
Dudo de su última aseveración, pero no me atrevo a decírselo. Le agradezco la atención y me excuso alegando compromisos urgentes. Una vez en la calle alcanzo a ver los ecos de un crepúsculo opaco. Lejos de allí, más allá de la ciudad y sus miserias cotidianas, es posible que una persona observe lo mismo, mientras aguarda la compañía silenciosa de aquellos fantasmas que, lo jura Daniela, eran buenos pibes.

Publicado por Jopi
9:40 p. m.

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Sombras

viernes, diciembre 28, 2007


Una sombra
que se apaga junto al sol
no es más
que el reflejo de una cosa

Distinta la sombra
de un amor pretérito
porque resiste
a la penumbra silenciosa
que representa
el paso del tiempo.

Publicado por Jopi
8:33 p. m.

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